María. Espérese un poco. Aún tenemos que[505] estipular...
Vicenta. Naturalmente, el precio.
María. Que no puede ser corto. Usted, señora rica y de buen gusto, puede apreciar... Fíjese bien: este traje es de Redfern, el primer modisto de París...[510]
Vicenta. Ya se conoce.
María. Rue de Rivoli, 242. Viste a la Emperatriz de Rusia y a la Reina de Inglaterra.
Vicenta. Y será carísimo.
María. Usted figúrese... Mis padres encargaron y[515] pagaron estos lujosos trapos dos meses ha, cuando ya eran pobres, casi miserables. Lo que ellos dieron entonces a la vanidad, justo es que la vanidad se lo devuelva.
Vicenta. Amiga mía, me hago cargo de las circunstancias, y sé que me obligan a ser generosa. Fije usted[520] un valor razonable, teniendo en cuenta que es prenda usada, y no regatearemos. (Impaciente porque María se quite el vestido.) Y ahora... Porque los instantes vuelan, María. El precio y pago lo arreglaremos mañana.
María. Perdone usted, Vicenta. Los malditos mañanas,[525] causa de tantos desórdenes, están abolidos...
Vicenta. ¿Por quién?