María. Por mí. Me propongo cambiar radicalmente mi modo de ser. Ya no soy aquélla, soy otra. La gravedad, la urgencia del caso exigen que esta noche quede[530] todo resuelto y concluido: la entrega de la ropa, el pago, etc... No he de ser exigente. De lo que costaron a mi padre este rico traje y sus accesorios... ya usted ve: todo nuevecito... sólo una vez me lo puse en Madrid,... rebajo la mitad.[535]

Vicenta. Bien.

María. Si usted quiere lucirlo esta noche haciéndolo pasar por el que encargó a Madrid, tiene que darme...

Vicenta. ¿Cuánto?[540]

María. (Con energía.) No mañana, mañana no, esta noche misma, ahora, corra usted a su casa, que está bien cerca, dos pasos, y tráigame... cuatrocientos duros.

Vicenta. (Confusa, sin saber qué hacer.) Pero... verá usted... el caso es que esta noche... Naturalmente,[545] no voy a decirle a Nicolás... Quizás se opondría.

María. Pues entonces, no hay trato.

Vicenta. Mañana, amiga mía... ma...

María. (Cortándole el concepto.) No hay amiguitas, ni carantoñas, ni mañanas, ni nada de eso. ¿No sabe[550] usted que soy de bronce?

Vicenta. Ya lo veo, ya... Pero... No sé cómo arreglarlo... (Con una idea salvadora.) ¡Ah! Si usted se aviene a recibir esta noche la mitad, un poquito menos... Sin enterar a Nicolás ni a nadie, puedo disponer ahora[555] mismo de unas novecientas pesetas.