—Todo eso está muy bueno, mister Smith,—replicó el señor Souza;—pero Ud. no ha dejado de observar, sin duda, que a consecuencia de la guerra, gran parte de los títulos de esas mismas empresas han cruzado el océano. Los grandes saldos favorables de la balanza financiera de los Estados Unidos se están satisfaciendo con papeles de industrias[10] sud y centro americanas. ¿Quién nos dice que,[11] a consecuencia de esta emigración de valores, la Unión no se ha[12] convertido, a la vuelta de algunos años,[13] en el acreedor principal de los otros países del continente?

—Hace Ud. un raciocinio perfectamente lógico—contestó mister Smith.—Si tal cosa ocurriera,[14] es seguro que el intercambio comercial se produciría casi espontáneamente, como consecuencia ineludible.

—Pero hay títulos y títulos,[15]—observó el señor Jiménez.—Sería conveniente que los norteamericanos invirtieran sus capitales en nuestros ferrocarriles, ante todo[16]; luego en empréstitos nacionales; en servicios urbanos; en instalaciones hidroeléctricas y en fábricas para la manufactura de artículos para el mercado de los Estados Unidos.

—Muestra Ud. su buen juicio al nombrar en primera línea nuestros ferrocarriles,—dijo el doctor Mendoza, abogado argentino.—Entre nosotros,[17] las concesiones ferrocarrileras están garantizadas en cierto modo[18] por la nación, pues aquéllas se fundan en contratos mediante los cuales tanto el gobierno como las compañías definen sus derechos y obligaciones: el uno, defendiendo los intereses públicos; las otras en salvaguardia de sus capitales.

—Esa provisión es digna de todo elogio,[19]—dijo mister Smith—En los Estados Unidos no procedemos así, pues los ferrocarriles se han acogido a las oportunidades ofrecidas por los diferentes estados, pero no se han firmado contratos, y en consecuencia el gobierno no se halla facultado para indagar la situación financiera de los ferrocarriles, salvo en los casos en que los tribunales declaran no existir relación equitativa entre los ingresos procedentes de la explotación de un ferrocarril y el capital invertido.

—Por mi parte,[20] preveo un enorme campo de acción para los capitales que hayan de emplearse en instalaciones hidroeléctricas,—dijo el señor Souza.—En la América latina la substitución del vapor por la electricidad[21] en la generación de fuerza trae una economía mucho mayor que en los Estados Unidos.

—¿Por qué razón?—preguntó uno de los circunstantes.

—Pues, porque[22] los Estados Unidos consumen su propio carbón, mientras que en los países de la América latina lo importan, razón por la cual les resulta más caro.

—No olvide que en Sud América flotamos sobre un mar subterráneo de petróleo,—observó sonriendo el señor Jiménez.—Pero con todo,—añadió, cambiando de tono,—admito que la producción de la fuerza eléctrica siempre representará una economía.

—Analicemos ahora—interrumpió mister Smith—la parte relativa al intercambio. ¿Qué productos nos enviaría la América latina?