—¿Sabía Ud.—exclamó el señor Souza a manera de[23] respuesta—que el Brasil tiene los mayores depósitos de mineral de hierro que se conocen; un hierro casi libre de todo rastro de[24] fósforo, y al que se calcula un rendimiento de setenta por ciento?

—Pero ese depósito pronto se agotará,—dijo Jiménez, haciendo una guiñada de inteligencia[25] a sus amigos.

—Sólo en el estado de Minas Geraes tenemos cerca de dos mil millones de toneladas,—replicó el brasileño con viveza, tomando la broma en serio.[26]—Y no cuento los yacimientos de hierro que hay en otros estados.

—¿Quedan esas minas muy alejadas de los puertos de embarque?—preguntó mister Smith con interés.

—A menos de cuatrocientas millas de la costa—le contestó Souza.

—Si eso es así—repuso mister Smith,—nuestras fundiciones podrían llegar a ser clientes exclusivos de esas minas, porque dentro de poco la producción de acero en los Estados Unidos va a alcanzar cifras estupendas. También la Europa necesitará ese mineral para mezclarlo con los suyos, menos puros.

—Mi país,—continuó el señor Souza—es el que produce más manganeso, después de la India. Ya sabe Ud. cuán enorme es la demanda de manganeso para la industria del acero.

—Por nuestra parte—intervino Enríquez, ingeniero chileno,—poseemos los mayores depósitos de nitrato que existen en el mundo y, como Ud. no lo ignora, ese producto, además de ser un abono excelente, es un elemento indispensable[27] para la fabricación de la pólvora.

—¡Hum, hum!—murmuró mister Smith, rascándose la cabeza[28]—eso me gusta menos.[29] Ud. comprenderá, sin duda, señor Enríquez, que nuestro país tendría reparos en depender del extranjero para la provisión de una substancia tan preciosa[30] para la defensa nacional en caso de guerra. Yo estoy por la fabricación artificial de los nitratos y creo que mi país debiera instalar en el Niágara una planta eléctrica para su elaboración.

—¿Por qué en el Niágara?—preguntaron varios a la vez.