—Inglesas todas, me imagino....

—Las hay francesas, también; en Bolivia por ejemplo. En Centro América y Antillas hay compañías norteamericanas.

—¿Tienes tú algún otro[21] dato sobre las utilidades que dan los capitales aplicados a estas empresas?

—Ninguno importante que yo recuerde. ¡Ah, sí! Hace poco se publicó la memoria de la Compañía de Teléfonos del Río de la Plata, y en ella se declara una ganancia neta de novecientos mil pesos oro.

—¡Caramba![22] ¿Sobre qué capital?

—De diez millones. Conviene saber que las acciones ordinarias de esa empresa están dando ocho por ciento desde hace algunos años.

—¡Bravo![23] Pero mis capitalistas[24] son un poco escépticos, y tanto que estoy por mandarlos a paseo.[25] Manifiestan dudas sobre los beneficios de una línea telefónica tan larga como la que yo les propongo.

—Recuérdales[26] que Río de Janeiro está comunicado con Petrópolis, Teresópolis y Nictheroy; que en el Perú hay una línea de doscientos kilómetros y en Chile una casi tan larga; y que desde Buenos Aires pueden ya hablar a puntos casi a mil kilómetros distantes. Creen también que el teléfono... (no corte,[27] señorita)... que el teléfono está muy explotado; que ya ha ocupado las principales posiciones, como si dijéramos.

—Convengo en que sería difícil para una compañía completamente extraña reunir un núcleo de abonados suficientemente grande e importante como para inducir a los abonados de otras compañías a abandonar el servicio que de ellas reciben. Pero mucho puede hacer una propaganda inteligente, basada en métodos liberales.

—Sí; recuerdo haberte oído decir que en una ciudad de Estados Unidos, cierta compañía, deseando suplantar a otra ya establecida, instaló gratuitamente sus aparatos—que eran más perfeccionados que los de la empresa competidora—en los domicilios de los abonados de éstas, concediéndoles un servicio gratis por tres meses, a título de prueba[28]....