Conocíase que las mujeres nos contaban y recontaban[1] desde que nos alcanzaron a ver,[2] y cuando nos acercamos a la casa estaban aún indecisas entre el susto y la alegría, pues por nuestra demora y los disparos que habían oído suponían que habíamos corrido peligros.

Fué Tránsito quien se adelantó a recibirnos, notablemente pálida.

—¿Lo mataron?—nos gritó.

—Sí, hija—le respondió su padre.

Todas nos rodearon, entrando en la cuenta[3] hasta la vieja Marta, que llevaba en las manos un capón a medio pelar.[4]

Lucía se acercó a preguntarme por mi escopeta; y como yo se la mostrase,[5] añadió en voz baja:

—Nada le ha sucedido, ¿no[6]?

—Nada,—le respondí cariñosamente, pasándole por los labios una ramita.

—Ya yo pensaba....

—¿No ha bajado ese fantasioso de[7] Lucas por aquí?—preguntó José.