Casiano había vuelto a tomar la escopeta y estaba en el fondo de la quebrada, por el lado de abajo.
Toribio le había hecho aquella concesión por su extremada habilidad en la cacería de váquiras.
Yo quedé cerca de él, dominándole desde un barranco y cubierto por un chipio; y novicio en el tiro de váquiras, creí prudente sacar los cartuchos de guáimaros y sustituirlos con balas rasas.
Los perros levantaron las piezas[4] y comenzó el tiroteo en la parte de arriba; y salidas las reses del lecho de la quebrada, se hubiera dado por perdido el lance, si dos de ellas, macho y hembra, no hubiesen corrido hacia abajo.
La posición que yo ocupaba no era muy ventajosa: pasaron por junto a mí[5] y no pude disparar; pero me acerqué a la quebrada y gané el cauce.
Casiano había disparado y errado el váquiro: hirió la hembra, y el macho, como sucede en estos casos, se enfureció y le atacó.
Cuando yo doblé el recodo de la quebrada que me ocultaba los sucesos, pude ver a Casiano luchando cuerpo a cuerpo[6] con el váquiro mientras la otra[7] se revolcaba en su propia sangre.
El negro se defendía con el cañón de la escopeta, que despedía chispas en los colmillos del cochino: la caja del fusil estaba hecha añicos.[8] Pálido, ceniciento, se veía el negro entre el verde follaje de las barrancas, bajo un toldo de ramas entrelazadas.
—¡Socorro, socorro!—gritaba....
El negro retrocedía pidiendo socorro, y el váquiro le cargaba.