El secretario se había puesto su cuello más almidonado y una levita negra que le daba por[2] las pantorrillas; estaba embarazado con sus faldones, que en cualquier movimiento se abrían como paracaídas; lucía su mejor alfiler, y su anillo de chispa[3] tenía un compañero tan ancho que le impedía doblar el dedo.
Iba de un lado para otro, llevando papeles, entregando cartas y notas—dando explicaciones,—escuchando pacientemente las preguntas que le dirigían y sonriéndose con malicia con alguno de su confianza,[4] cuando pasaba por delante de una serie de personajes adustos, graves, que estaban sentados en hilera simétrica, en un rincón de la sala, fumando con desahogo, hablándose a hurtadillas[5] con monosílabos, y dirigiendo de tiempo en tiempo sus ojos desconfiados a la puerta.
Tenían el aspecto venerable de los ancianos bíblicos.
La buena fe les hacía considerar el Comité como un templo; su actitud era la de un testigo que espera la llegada del juez para prestar su declaración.
Habían acudido al llamamiento, trayendo su contingente de influencia; en cambio, habían abandonado su hogar y sus majadas[6] con la despreocupación que les caracteriza.
El secretario aprovechaba la confusión para hacer sus excursiones al fondo de la casa, en busca del fulano de los mates[7] que los tenía cebados en hilera y por cuyas bombillas pasaba alternativamente sus labios como quien[8] toca la zampoña; luego, limpiándose con la manga del levitón, entraba más serio que un obispo en el salón de su dependencia.
Un vocerío sordo y molesto llenaba todo el ambiente, especialmente en el interior, donde se respiraba un aire denso y saturado de humo.
En los distintos corrillos que se habían formado, se hablaba en voz alta, se discutía, se armaban apuestas y se ponderaban las virtudes y los méritos de los ciudadanos inscriptos en las listas.—Eran todos la flor y crema[9] del partido; ninguna tacha podía arrojárseles; en cambio, a los que figuraban en la lista contraria, se les aplicaban los dicterios más usuales del vocabulario callejero.[10]
Se les presentaba como a seres de otra especie.
Esos no querían la patria feliz, engrandecida, sino abierta por los cuatro cantos para satisfacer sus ambiciones y su codicia.