—¡Maldito luto[1]!—dice Luisa.
—¡Maldito!—contesta Elena.
En estos momentos entra Da. Emelina, la vecina de al lado,[2] que tiene reunión en su casa con motivo del bautismo de un niño.
—Vecina,—le dice a la madre de las niñas,—traigo un empeño con usted.
—Si está en mi mano[3] ....
—Ya lo creo; esta tarde se bautiza mi nietecito y es preciso que Luisa y Elena vayan a divertirse un rato ....
—¡Imposible, el luto!
—¿Y van a morirse las pobres niñas de tristeza? ¿Hasta cuándo han de sufrir? Es preciso, vecina, que considere usted que son jóvenes, y que todo no ha de ser penas[4] en este mundo; además, en casa no hay más que una reunión amistosa, de familia; algunas muchachas del barrio y nada más. Se bailará con la música del piano y se cantará, por jóvenes decentes,[5] alguna cosita. ¿Qué tiene eso de particular?
—Es verdad Da. Emelina, pero el luto ....
—¡El luto! ¡El luto!—¿Qué tiene que ver el luto? Además las niñas no van a bailar ni a cantar.