P. P. Figueroa (Chileno)

Mármol, José (1818-1871)

«Amalia», esa obra maestra[46] de José Mármol,[47] es un libro esencialmente porteño, y americano por extensión; para juzgarlo es preciso un criterio nuestro, argentino, pues siempre valdrá mucho más para los conocedores del teatro de los hechos, que para los que, ignorando los caracteres, las costumbres y la topografía del cuadro, aplican en su examen elementos generales de crítica, y subordinan el conjunto, como obra de arte, a los preceptos de escuela.[48]

Bajo este aspecto no sería difícil que[49] en muchos puntos flaquease la «Amalia», porque su estilo no es rigurosamente académico, ni el plan del drama está trazado con precisión; no obstante, lo que allí aparece rebelde a la exigencia artística, es muchas veces lo que mejor expresa un carácter o acaba de acentuar un acontecimiento. Así resulta que si tiene defectos de estructura literaria, superabunda de[50] importancia histórica y de interesantes episodios. En resumen[51]: «Amalia» es la novela más extensa, más dramática y de mayor interés histórico que haya producido hasta nuestros días la literatura del Río de la Plata.

M. A. Pelliza (Argentino)

Olmedo, José Joaquín (1780-1847)

La obra maestra de José Joaquín Olmedo[52] es, sin duda, «La Victoria de Junín, Canto a Bolívar.» Desde el principio hasta el fin[53] de ese poema hay bellezas de primer orden, valentía, elevación, descripciones felices, contrastes oportunos, y siempre una versificación armoniosa y sostenida. Son de notarse[54] los rasgos descriptivos que el poeta ecuatoriano da de Bolívar, con quien se encuentra antes de empezar la batalla; la descripción de la pelea entre los dos ejércitos, la cual trasporta al lector al campo de los combatientes, donde ve a cada guerrero a la cabeza de los bravos que le han recomendado, embistiendo, cargando, arrollando, distinguiéndose cada cual en la lid según su valor y ardimiento,—donde oye el silbido de las balas, el estridor de los aceros, el grito de los que luchan, el alarido de los que caen, el atambor que redobla, el clamor de la trompeta que excita a la pelea, y el relincho de los fogosos corceles—, y ve sangre a torrentes[55] y montones de cadáveres por donde quiera que vuelve los ojos.

M. Torres Caicedo (Colombiano)

Palma, Ricardo (1833-)

Si a Ossián es necesario leerlo en la montaña; a Tennyson junto a un buen fuego, en una confortable silla inglesa; a Beaumarchais, en París; y a Tasso, en Florencia, sostengo que a Ricardo Palma[56] hay que leerlo en Lima. Para el extranjero el teatro casi no ha cambiado. No conozco una ciudad que tenga un colorido más americano que ésta. En cuanto a los personajes, fijad un poco la atención y la mirada hasta que los ojos adquieran aquella potencia óptica que, en la leyenda alemana, hace salir la figura de las telas y animarse los mármoles y bronces, y veréis encarnarse el personaje tradicional, y pasearse con toda tranquilidad por esta noble ciudad de los Reyes.[57] Ese es mi encanto en los libros de Palma. La limeña que vuelve tarumba[58] al mismo virrey en persona, con una mirada o un chiste, la he visto ayer salir de Santo Domingo, con los ojos como ascuas, bajo el encaje del manto, con un pie capaz de desaparecer en la juntura de dos piedras, y aquel andar que hubiera hecho persignarse al mismo San Antonio.