—No, por cierto. No disfrutan de ninguna[5] ventaja especial, pero en cambio tampoco se les niega ninguno de los derechos que tienen los ciudadanos, excepto, naturalmente, el de votar. Pero ninguno se queja[6] de esta limitación, pues nada les impide expresar sus ideas por medio de los periódicos que publican.
—A propósito de esos periódicos, diré a Ud. que aunque muchos de ellos son órganos autorizados, no intervienen casi nada en la política local, ni tienen en la opinión pública el mismo peso que[7] los periódicos nacionales.
—No por eso, me imagino,[8] son los extranjeros tenidos en menos o mal recibidos por los nativos....
—En modo alguno.[9] Sin duda en todas partes se ven personas que no desean tener trato con nadie, que nunca reciben extraños y menos extranjeros en sus casas; que a nadie hacen siquiera[10] el ofrecimiento de su[11] amistad. Esas personas no sientan nunca un extranjero[12] a su mesa. En cambio, hay otras para quienes una carta de recomendación o de simple presentación basta para considerar al recién llegado como un amigo.
—¿Basta con eso para ser recibido en la intimidad de la familia?
—No siempre, claro está. Pero cuando a Ud. le dicen: «Ya sabe que esta casa es suya»[13] o «esta casa está a su disposición,»[14] no dude Ud. que su presencia les es grata.
—Me han dicho, sin embargo, que el recién venido nunca penetra[15] completamente en el círculo íntimo de la familia.
—¡Oh, nada de éso![16] No lo crea Ud.
—Me cuentan que ni habiendo entrado[17] en la familia por casamiento, llegó un extranjero a ser completamente de los íntimos. Se le excluía por el hecho mismo de[18] ser extranjero. Pero tal vez ese sea un caso aislado.
Pasando a la faz política de este asunto, ¿no cree Ud. que a veces se duda de la lealtad de los extranjeros para con el país donde se hallan?