«Dios presume asustarme; ¡ojalá fuera»,

Dijo entre sí riendo, «el diablo mismo!

Que entonces ¡víve Dios! quién soy supiera

El cornudo monarca del abismo.»

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Al pronunciar tan insolente ultraje

La lámpara del Cristo se encendió,

Y una mujer, velada en blanco traje,

Ante la imagen de rodillas vió.

«Bienvenida la luz,» dijo el impío,