—Idos, caballero, no tentéis a Dios.
—Siento me enamora más vuestro despego,
Y si Dios se enoja, pardiez que hará mal;
Veame en vuestros brazos y máteme luego.
—¡Vuestra última hora quizá ésta será!...
Dejad ya, Don Félix, delirios mundanos.
—¡Hola, me conoce!—¡Ay! ¡temblad por vos!
¡Temblad no se truequen deleites livianos
En penas eternas!—Basta de sermón,
Que yo para oírlos la cuaresma espero;