Cuando horrorizado con espanto ve
Que el uno Don Diego de Pastrana era,
Y el otro ¡Dios santo! y el otro era él!...
Él mismo, su imagen, su misma figura,
Su mismo semblante, que él mismo era en fin;
Y duda, y se palpa, y fría pavura
Un punto en sus venas sintió discurrir.
Al fin era hombre, y un punto temblaron
Los nervios del hombre, y un punto temió;
Mas pronto su antiguo vigor recobraron,