Dulces caricias, lánguidos abrazos,
Placeres ¡ay! que duran un instante,
Que habrán de ser eternos imagina
La triste Elvira en su ilusión divina.
Que el alma virgen que halagó un encanto
Con nacarado sueño en su pureza
Todo lo juzga verdadero y santo,
Presta a todo virtud, presta belleza.
Del cielo azul al tachonado manto,
Del sol radiante a la inmortal riqueza,