DON EDUARDO. En efecto, Sr. D. Pedro, la hora es bastante inoportuna, y bien sabe Dios que no sé cómo disculparme con usted.
DON PEDRO. ¿De qué, amigo mío?
DON EDUARDO. Por una visita realmente demasiado matutina e inesperada.
DON PEDRO. ¿Y quién le dice a usted que yo no esperaba esta misma visita?
DON EDUARDO. ¿Que me esperaba, dice usted?
DON PEDRO. Hoy precisamente, no; pero sí en una de estas mañanas, porque ya había yo notado ciertos síntomas … ya se ve, a ustedes los enamorados se les figura que un padre cuando juega en un rincón al tresillo, o que una madre cuando está más enfrascada en la letanía de las imperfecciones de su cocinera, no piensa en otra cosa sino en el codillo que le dieron, o en las almondiguillas que se quemaron, y de consiguiente que no notan las ojeadas de ustedes, ni oyen los suspiros, ni se enteran de las peloteras … pues, no señor, están ustedes muy equivocados; ni el padre ni la madre pierden ripio de cuanto va pasando….
DON EDUARDO. Nada más natural, ciertamente.
DON PEDRO. Y llevan también libro de entradas y salidas como si hubieran sido toda su vida horteras.
DON EDUARDO. Así, Sr. D. Pedro, usted habrá ya observado….
DON PEDRO. Sí, señor, ya sé que usted está muy prendado de mi Matilde.