BRUNO. Si es a gusto de usted….

DON EDUARDO. Porque es bien claro que lo que más importa a un desgraciado es llegar a serlo tanto, que ya no pueda serlo más.

BRUNO. ¿Eso llama usted claro?

DON EDUARDO. ¿No ve usted que así se pierde toda esperanza y toma uno al cabo su partido?

BRUNO. Cuando hay partido que tomar, no digo que no.

DON EDUARDO. Ahora quisiera yo que usted, mi querido Bruno….

BRUNO (aparte). ¡Su querido Bruno!…

DON EDUARDO. Me concediera una gracia que le voy a pedir y que será probablemente la última que le pediré en mi vida.

BRUNO. Si está en mi arbitrio….

DON EDUARDO. Lo está, y consiste sólo en que usted me proporcione una conferencia de dos minutos con su señorita.