BRUNO. Allí le tiene usted hecho una estatua. (A doña Matilde)

DOÑA MATILDE. No nos ha sentido … y en efecto, le encuentro muy desmejorado … retírate un poco … no, no tan lejos.

BRUNO. ¿Si se habrá dormido?

DOÑA MATILDE. He consentido, caballero…. (Aparte) No me oye.

DON EDUARDO. ¡Ay!

DOÑA MATILDE. ¿Suspira? (A Bruno)

BRUNO. Ya lo creo … y de mi alma. (A doña Matilde)

DOÑA MATILDE. He consentido, Sr. D. Eduardo…. (Acercándose)

DON EDUARDO. ¿Quién?… ¡Ah! Perdone usted, Matilde, si absorbido en mis tristes meditaciones … perdone usted … la desgracia hace injusto al mísero a quien agobia … y yo ya me había rendido al desaliento, persuadido a que usted persistiría en su cruel negativa.

DOÑA MATILDE. Quizá hubiera sido más prudente; porque … ya ve usted, antes de tomar un partido irrevocable he debido pesar todas las circunstancias, y … no soy ninguna niña de quince años.