DON EDUARDO. ¡Oh! Sí, muy lejos.

DOÑA MATILDE. Arrima unas sillas, Bruno…. ¿Y dónde? Esto es, si usted no tiene interés en callarlo.

DON EDUARDO. Apenas lo sé yo todavía … cualquiera país me es indiferente con tal que sea bien agreste y selvático.

BRUNO (aparte). ¡Si se irá a Sacedón?

DON EDUARDO. He titubeado algún tiempo entre Californias y la Nueva
Holanda; pero al cabo puede ser que me decida por la Isla de Francia.

DOÑA MATILDE. ¡Allí nacieron Pablo y Virginia!

DON EDUARDO. Y el negro Domingo también.

DOÑA MATILDE. En efecto … siéntese usted, siéntese usted.

DON EDUARDO. Es que temería….

DOÑA MATILDE. No, no; siéntese usted … y como iba diciendo allí fué donde pasó toda su trágica historia, que tengo bien presente.