DON EDUARDO (aparte). Más la tengo yo, que la leí anoche de cabo a rabo.
DOÑA MATILDE. ¡Y aquella madre señor, aquella madre tan cruel que se empeñó en que su hija había de ser rica!
BRUNO. Más cruel me parece a mí que hubiera sido si se hubiera empeñado en lo contrario.
DON EDUARDO. Luego hallaré en dicha isla todo cuanto puedo apetecer en mi posición actual; cascadas que se despeñan, ríos que salen de madre, precipicios, huracanes….
BRUNO (aparte). No iré yo a la tal isla.
DON EDUARDO. Y bosques inmensos de plátanos, cocoteros y tamarindos, con cuyos frutos podré sustentarme, o a cuya sombra podrán reposar tal cual vez mis fatigados miembros.
DOÑA MATILDE. ¡Y qué! ¿No tendrá usted miedo de los negros cimarrones?
BRUNO (aparte). ¿Quiénes serán esos demonios?
DON EDUARDO. ¡Ah! ¡Matilde, si viera usted qué poco vale la vida cuando se vive sin deseos, ni porvenir!
DOÑA MATILDE. ¡Pobre Eduardo!