DOÑA MATILDE (aparte). ¡Qué preocupación!…

DON PEDRO. En fin, te repito que no me acomoda el yerno que me quieres dar … ni yo sé tampoco lo que te prenda en él, porque fisonomía menos expresiva….

DOÑA MATILDE. ¡Calle usted, señor, y tiene dos ojos como dos carbunclos!

DON PEDRO. Lo dicho dicho, Matilde; no cuentes jamás con mi licencia … si te quieres casar con ese hombre y morirte después de hambre … cásate enhorabuena, y buen provecho te haga, con tal que yo no te vuelva a ver en mi vida…. Esto es lo único y lo último que te digo … adiós…. (Aparte) Bueno será que me vaya antes que empiecen los pucheros.

ESCENA II

DOÑA MATILDE

DOÑA MATILDE. ¡Que me case y que no le vuelva a ver en su vida!… y él mismo me lo indica…. ¡Dios mío, qué entrañas tienen estos padres! ¡Que me case!… ¡Si sospechará alguna cosa de lo que Eduardo y yo tenemos tratado para cuando ya no haya otro recurso! ¿Y queda ya alguno por ventura? ¡Que me case!… Y bien, sí … me casaré … me casaré con el hombre de mi elección, con el único mortal que me es simpático, y que puede proporcionarme la mayor felicidad posible en este mundo … la de amar y ser amada; porque o yo no sé en lo que se cifra el ser una mujer dichosa, o ha de consistir necesariamente en estar siempre al lado de lo que ella ama; en jurarle a cada instante un eterno cariño; en respirar el aire que él respire … ¿y cuesta acaso algo de esto dinero? No, no … por fortuna todo esto se hace de balde, por más que digan lo contrario … y todo esto lo haré con mi Eduardo…. Con él pasaré mi vida en un continuo éxtasis, y cuando una misma losa cubra al cabo de muchos años nuestras cenizas, todavía inseparables, que vengan entonces a echarme en cara si lo que comí en vida fué potaje de lentejas, o si mi esposo tenía un miserable arriero por tatarabuelo.

ESCENA III

DOÑA MATILDE, BRUNO Y DESPUÉS DON EDUARDO

BRUNO. ¿Está usted sola? (Entreabriendo la puerta)