DOÑA MATILDE. Explíquese usted.
DON EDUARDO. Sepa usted que si bien es cierto que he gastado hasta el último real que poseía, también lo es que ya tengo todo listo para nuestro casamiento … dispensa, cura, testigos, cuarto en que vivir, un poco alto sin duda … como que está en un quinto piso … pero en buena calle … en la calle del Desengaño … en fin, nada falta … sino que usted se decida … y dentro de media hora….
DOÑA MATILDE. ¡De media hora!
DON EDUARDO. Nos sobra aún tiempo, porque ni usted necesita más de diez minutos para prepararse, ni yo más de veinte para dar mis últimas órdenes, volver a esta calle, aprovechar el primer momento en que no pase gente, avisar a usted de ello con tres palmadas, recibirla cuando baje y conducirla en dos brincos a la iglesia, cuya puerta, por fortuna, tenemos casi enfrente de esa reja.
DOÑA MATILDE. No decía yo eso, sino que tanta precipitación … estas cosas, Eduardo, necesitan siempre pensarse algo.
DON EDUARDO. ¡Al revés Matilde! estas cosas, si se piensan algo no se hacen nunca … porque … ya ve usted … a cada paso ocurren nuevas dificultades. Se trasluce entretanto el proyecto … se suscitan persecuciones … hay encierros a pan y agua en calabozos subterráneos, hay vapuleo no pocas veces … y si desgraciadamente hubiera esto para nosotros, no sé yo luego cómo nos habíamos de casar.
DOÑA MATILDE. ¡Oh! Eso es muy cierto … dígalo si no Ofelia … la del castillo negro.
DON EDUARDO. Y Malvina, y Etelvina, y Coralina, y otras mil víctimas desaventuradas de la injusticia paterna, a quienes han enterrado con palma por andarse en miramientos. Conque vamos Matilde mía, ¿qué resuelve usted? Mire usted que cada instante se pierde….
DOÑA MATILDE. No sé lo que haga … salirse una así de su casa sin….
DON EDUARDO. Pues si no, ¿qué otro camino tenemos? A menos que usted, arredrada con los peligros que pueden amenazarnos, no se arrepienta de sus juramentos y….