MARQUESA. Perdona, Matilde; pero es un lance tan gracioso … ¡ja, ja!… ¡tan inesperado!
DOÑA MATILDE. Inesperado no; y acuérdate que siempre te juré que no me casaría sino a gusto mío, y con quien no tuviera nada.
MARQUESA. Sí, es cierto … también yo lo juré, si mal no me acuerdo, y ya ves cómo lo he cumplido … ¡pobre Matilde!
DOÑA MATILDE. ¡Me compadeces!
MARQUESA. Criada con tanto regalo, y obligada ahora a tener que ganar tu vida, cosiendo o bordando, o … porque algo tendrás que hacer para ayudar a tu marido … que por su parte también trabajará sin duda….
DOÑA MATILDE. Un escribano le ha dicho que le dará que copiar … cuando tenga.
MARQUESA. Pues … a dos reales el pliego … y tres o cuatro pliegos al día en escribiendo corrido … buena ocupación, por vida mía … pero dime, y tu padre ¿está furioso, eh?
DOÑA MATILDE. Ya ves, habiéndome casado sin su consentimiento….
MARQUESA. Y tiene mucha razón … ningún padre puede aprobar el que su hija se case con un perdulario.
DOÑA MATILDE. ¡Perdulario mi Eduardo! ¡Y se ha dejado desheredar de diez mil ducados de renta a trueque de casarse conmigo!