ELISA. Y ¿por qué ha de querer ocultarte nada?[1]
JUANA. Porque no hay marido en el mundo que no tenga algo que ocultar a su mujer. ¡Cosa más sabida!…[2] ¡Qué gusto el mío si le pillara una cartita de amor!
ELISA. Sin duda que pasarías un rato muy divertido! (Con ironía.)
JUANA. Y ¡qué buen sofocón le había de dar![3]
ELISA. ¿Y qué lograrías con eso?[4] Vamos a ver.
JUANA. Dársele.[5]
ELISA. ¿Y luego, Juana, y luego?
JUANA. Luego … le daría otro.
ELISA. Considera que la prudencia es virtud que una buena esposa debe ejercer a toda hora con afán incansable; considera que el vínculo del matrimonio liga indisolublemente al marido y la mujer como si los convirtiese en una sola persona.
JUANA. ¡Ay, hija! Si algunas veces nos oyeras reñir, creerías que mi marido y yo somos un batallón. Pero, como iba diciendo, abrí un cajón de su mesa y encontré esta cartita.[6] (Enseñándole una carta.) ¿Conoces la letra?