ELISA. ¿Qué te pasa?

ANTONIO. ¡Que tengo un tiritón!…

ELISA. Luego en bailando ya verás cómo sudas.

ANTONIO. ¿Sabes, hija, que te vas haciendo muy graciosa? ¡Ay!… ¡Ay!… (Quejándose.)

ELISA. ¿Qué ocurre ahora?

ANTONIO. Que con este pícaro calzado veo las estrellas.

ELISA. Malo es eso para bailar.

ANTONIO. ¡Si acabarás de comprender que no está la Magdalena para tafetanes![1] ¡Que si quieres![2] (Como hablando consigo mismo muy irritado.) Sí…, ya se va abrochando…. ¡Maldito sea!…

ELISA. ¡Cómo se entiende! ¿Maldices?

ANTONIO. Maldito este pícaro cuello que me está dando un rato…. Vamos…, ¡me ahorcaría! Ayúdame un poco, mujer, porque si no…. (Saliendo precipitadamente en mangas de camisa con un cuello postizo sin abrochar por un lado.)