ANTONIO. ¡Iré, sí, señora, iré! ¡Y basta de sobo! (Rechazándola con enfado.)
ELISA. ¡Eh, no hay que amontonarse! ¡Qué bien te has vestido! Ven aquí, te arreglaré un poco para que luego Miguel no te tenga que esperar.
ANTONIO. ¡Si se le tragase la tierra!
ELISA. Va a ser necesario darte en la lengua con guindilla.[1] Te has abrochado mal el chaleco.
ANTONIO. Déjalo.
ELISA. Quieto. (Le desabrocha el chaleco y vuelve a abrochárselo mientras habla.) ¡Y qué cena te pierdes!
ANTONIO. ¿Una cena?
ELISA. Como el otro día te oí quejarte de que se hubiese perdido la costumbre de cenar, y hoy no has comido nada, se me ocurrió prepararte una cena para esta noche. ¡Mira qué tino el mío!
ANTONIO. Con efecto, que la coincidencia es particular.
ELISA. Verás. Primero una mayonesa de lenguado.