ELISA. La bata.
ANTONIO. ¡La bata! ¡No me la nombres! ¡Y cuidado que el cuellecito me está fastidiando muy ricamente! (Estirándose otra vez violentamente el cuello de la camisa.)
[Footnote 1: #Château-Lafitte:# One of the best brands of Bordeaux wine.]
ELISA. Aquí mismo, en este velador, al lado de la chimenea, hubiéramos cenado los dos solitos en paz y en gracia de Dios.
ANTONIO. Agua se me hace la boca de sólo pensarlo.[1] ¡Y me he de ir! ¿Y por qué me he de ir?
ELISA. No; si no te lo digo yo porque no te vayas.[2] ¿Y no sabes? Ya he aprendido la sinfonía del Pardon de Ploërmel, que tanto te gusta, y pensaba haberla tocado después de cenar, mientras que tú, muellemente reclinado en esa butaca, mirando con descuido la llama que ya parece que va a morir; que ya, chisporroteando, se alza de nuevo, en parte roja y en parte azul, blanca o amarilla, poblado el aire de los vagarosos fantasmas a que da ser el humo del cigarro, yacías sin memorias del mundo ni de ti mismo, bajo el yugo del dulcísimo bienestar y arrobamiento indefinible.
ANTONIO. ¡Calla, que pierdo la cabeza!
ELISA. Pero ¿qué se ha de hacer? ¡Anda bendito de Dios! Los guantes. (Tomándolos de encima del velador y dándoselos a su marido.)
ANTONIO. ¡El Miguelito y su alma! (Guardándose los guantes con brusco ademán en un bolsillo del chaquet.) Pero, señor, ¡si a mí esos jaleos me revientan!
[Footnote 1: #Agua se me hace … pensarlo:# It makes my mouth water just to think of it.]