Y tirando un pellizco[[85-6]] en la barba a la que de antemano
tenía ya el hoyo en ella, cogió el sombrero y tomó el camino...,(p86)
no de la catedral, sino de las callejuelas en que suelen
vivir las familias moras avecindadas en aquella plaza fuerte.[[86-1]]
VI
En la más angosta de dichas callejuelas, y a la puerta de
una muy pobre, pero muy blanqueada casucha, estaba sentado
05 en el suelo, o más bien sobre sus talones, fumando en pipa de
barro secado al sol, un moro de treinta y cinco a cuarenta años,
revendedor de huevos y gallinas, que le traían a las puertas de
Ceuta los campesinos independientes de Sierra-Bullones y
Sierra-Bermeja, y que él despachaba, a domicilio o en el mercado,
10 con una ganancia de ciento por ciento. Vestía chilava[[86-2]]
de lana blanca y jaique[[86-3]] de lana negra, y llamábase entre los
españoles Manos-gordas, y entre los marroquíes
Admet-ben-Carime-el-Abdoun.
Tan luego como el moro vió al maestro de capilla levantóse
15 y salió a su encuentro, haciéndole grandes zalemas; y, cuando
estuvieron ya juntos, díjole cautelosamente:
—¿Querer[[86-4]] morita? Yo traer mañana cosa meleja; de doce
años....
—Mi mujer no quiere más criadas moras....—respondió
20 el músico con inusitada dignidad.
Manos-gordas se echó a reír.
—Además ...—prosiguió D. Bonifacio—tus endiabladas
moritas son muy sucias.
—Lavar....—respondió el moro, poniéndose en cruz[[86-5]] y
25 ladeando la cabeza.
—¡Te digo que no quiero moritas!—prosiguió D. Bonifacio.—Lo
que necesito hoy es que tú, que sabes tanto y que
por tanto saber eres intérprete de la plaza, me traduzcas al
español este documento.