Tres o cuatro semanas después de la muerte de Manos-gordas,
el veintitantos[[100-1]] de Febrero de 1821, nevaba si había
que nevar[[100-2]] en la villa de Aldeire y en toda la elegantísima
sierra andaluza,[[100-3]] a que la propia nieve da vida y nombre.
05 Era domingo de Carnaval, y la campana de la iglesia llamaba
por cuarta vez a misa, con su voz delgada y pura como la de un
niño, a los ateridos cristianos de aquella feligresía demasiado
próxima al cielo, los cuales no se resignaban fácilmente, en día
tan crudo y desapacible, a dejar la cama o a separarse de los
10 tizones, alegando acaso, como pretexto, que «los días de Carnestolendas
no se debe rendir culto a Dios, sino al diablo.»
Algo semejante decía por lo menos el tío Juan Gómez a su
piadosa mujer, la seña[[100-4]] Torcuata, defendiéndose, en el rincón
del fuego, de los argumentos con que nuestra amiga le rogaba
15 que no bebiera más aguardiente ni comiese más roscos, sino
que la acompañase a misa, a fuer de buen cristiano, sin miedo
alguno a las críticas del maestro de escuela y demás electores
liberales; y muy enredada estaba la disputa cuando cata aquí[[100-5]]
que entró en la cocina el tío Jenaro, mayoral de los pastores
20 de su merced, y dijo, quitándose el sombrero y rascándose la
cabeza, todo de un solo golpe:[[100-6]]
—¡Buenos días nos dé Dios, señor Juan y señá Torcuata!
Ya se harán ustedes cargo[[100-7]] de que algo habrá sucedido por
allá arriba para que yo baje por aquí con tan mal tiempo, no
25 tocándome oír misa este domingo. ¿Cómo va de salud?
—¡Vaya! ¡vaya! ¡no espero más!—exclamó la mujer del
alcalde, cruzándose la mantilla[[100-8]] con violencia.—¡Estaría de
Dios[[100-9]] que hoy echases la misa en el puchero![[100-10]] ¡Ya tienes
ahí conversación y copas para todo el día, sobre si[[100-11]] las
30 cabras están preñadas o sobre si los borregos han echado
cuernos!
(p101)
¡Te condenarás, Juan; te condenarás si no haces pronto las
paces con la Iglesia dejando la maldita alcaldía!
Marchado que se hubo[[101-1]] la seña Torcuata, el Alcalde alargó
un rosco y una copa al mayoral, y le dijo:
05 —¡Simplezas de mujeres, tío Jenaro! Arrímese usted a la
lumbre y hable. ¿Qué ocurre por allá arriba?
—¡Pues nada! que ayer tarde el cabrero Francisco vió que
un hombre, vestido a la malagueña, con pantalón largo y chaquetilla
de lienzo, y liado en una manta de muestra,[[101-2]] se había
10 metido en el corral nuevo por la parte que todavía no tiene
tapia, y rondaba la Torre del Moro, estudiándola y midiéndola
come si fuese un maestro de obras.[[101-3]] Preguntóle Francisco qué
significaba aquello, y el forastero le interrogó a su vez quién era el
dueño de la Torre; y como Francisco le dijese que nada menos
15 que el Alcalde del pueblo, repuso que él hablaría a la noche con
su merced y le explicaría sus planes. Llegó presto la noche,
y el hombre hizo como que se marchaba,[[101-4]] con lo que el cabrero
se encerró en su choza, que, como sabe usted, dista poco de
allí. Dos horas después de obscurecer enteramente notó el
20 mismo Francisco que en la Torre sonaban ruidos muy raros y
se veía luz, lo cual le llenó de tal miedo que ni tan siquiera[[101-5]] se
atrevió a ir a mi choza a avisarme; cosa que hizo en cuanto
fué de día,[[101-6]] refiriéndome el lance de ayer tarde, y advirtiéndome
que los tales ruidos[[101-7]] habían durado toda la noche.
25 Como yo soy viejo, y he servido al Rey, y me asusto de pocas
cosas, me plantifiqué en seguida en la Torre del Moro acompañado
de Francisco, que iba temblando, y encontramos al forastero
liado en su manta y durmiendo en un cuartucho[[101-8]] del piso
bajo, que tiene todavía su bóveda de hormigón. Desperté al
30 sospechoso personaje, y le reconvine por haber pasado la noche
en la casa ajena sin la voluntad de su dueño; a lo que me
respondió que aquello no era casa, sino un montón de escombros,
donde bien podía haberse albergado un pobre caminante
en noche de nieves, y que estaba dispuesto a presentarse a(p102)
usted y a explicarle quién era y todas sus operaciones y pensamientos.
Le he hecho, pues, venir conmigo, y en la puerta del
corral aguarda, acompañado del cabrero, a que usted le dé
licencia para entrar....
05 —¡Que entre!—respondió el tío Hormiga, levantándose
muy alterado por habérsele ocurrido, desde las primeras palabras
del mayoral, que todo aquello tenía bastante que ver con
el célebre tesoro, a cuyo hallazgo por sus solos esfuerzos había
renunciado su merced hacía una semana, después de arrancar
10 antes inútilmente muchas y muy pesadas piedras de sillería.