—¡Ahora me conviene mucho menos!
El llamado Jaime Olot paró mientes[[103-2]] en la soflama del tío
10 Juan Gómez, y miróle a fondo como para adivinar el sentido
de aquella rara contestación; pero, no logrando leer nada en
la fisonomía zorruna de su merced, parecióle oportuno añadir
con fingida naturalidad:
—Tampoco dejaría de agradarme[[103-3]] recomponer parte de
15 aquel antiguo edificio y vivir en él cultivando el terreno que
destina usted a corral de ganado. ¡Le compro a usted, pues,
la Torre del Moro y el secano que la circunda!
—No me conviene vender—respondió el tío Hormiga.
—¡Es que le pagaré a usted el doble de lo que aquello
20 valga!—observó enfáticamente el que se decía catalán.
—¡Por esa razón me conviene menos!—repitió el andaluz
con tan insultante socarronería, que su interlocutor dió un paso
atrás, como quien conoce que pisa terreno falso.
Reflexionó, pues, un momento, pasado el cual alzó la cabeza
25 con entera resolución, echó los brazos a la espalda[[103-4]] y dijo, riéndose
cínicamente:
—¡Luego sabe usted que en aquel terreno hay un tesoro!
El tío Juan Gómez se agachó, sentado como estaba; y,
mirando al catalán de abajo arriba, exclamó donosísimamente:
30 —¡Lo que me choca es que lo sepa usted!