¡La corneta era yo! ¡Yo cantaba con la corneta en la boca!
Los hombres, los pueblos, las notabilidades[[25-2]]] del arte se
20 agrupaban para oírme....
Aquello era un pasmo, una maravilla....
La corneta se doblegaba entre mis dedos; se hacía elástica,
gemía, lloraba, gritaba, rugía; imitaba al ave[[25-3]], a la fiera, al sollozo
humano....—Mi pulmón era de hierro.
25 Así viví otros dos años más.
Al cabo de ellos falleció mi amigo.
Mirando su cadáver, recobré la razón....
Y cuando, ya en mi juicio, cogí un día la corneta ... (¡qué
asombro!), me encontré con que[[25-4]] no sabía tocarla....
30 ¿Me pediréis ahora que os haga són[[25-5]] para bailar?
Madrid, 1854.