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LAS DOS GLORIAS

Un día que el célebre pintor flamenco Pedro Pablo Rubens[[26-1]]
andaba recorriendo los templos de Madrid acompañado de sus
afamados discípulos, penetró en la iglesia de un humilde convento,
cuyo nombre no designa la tradición.

05 Poco o nada encontró que admirar el ilustre artista en aquel
pobre y desmantelado templo, y ya se marchaba renegando,
como solía, del mal gusto de los frailes de Castilla la Nueva,[[26-2]]
cuando reparó en cierto cuadro medio oculto en las sombras
de feísima capilla;[[26-3]] acercóse a él, y lanzó una exclamación
de asombro.

Sus discípulos le rodearon al momento,[[26-4]]] preguntándole:

—¿Qué habéis encontrado, maestro?

—¡Mirad!—dijo Rubens señalando, por toda contestación,
al lienzo que tenía delante[[26-5]].

15 Los jóvenes quedaron tan maravillados como el autor del
Descendimiento.[[26-6]]

Representaba aquel cuadro la Muerte de un religioso.— Era
éste muy joven, y de una belleza que ni la penitencia ni la agonía
habían podido eclipsar, y hallábase tendido sobre los ladrillos
20 de su celda, velados ya los ojos por la muerte, con una mano
extendida sobre una calavera, y estrechando con la otra, a su
corazón, un crucifijo de madera y cobre.