—Compadre, ¡yo soy Parrón!

Oír esto y caerme de espaldas,[[3-3]] todo fué una misma cosa.

El bandido se echó a reír.

20 Yo me levanté desencajado, me puse de rodillas, y exclamé
en todos los tonos de voz que pude inventar:

—¡Bendita sea tu alma, rey de los hombres!... ¿Quién
no había de conocerte[[3-4]] por ese porte de príncipe real que
Dios te ha dado? ¡Y que haya madre[[3-5]] que para tales hijos!
25 ¡Jesús![[3-6]] ¡Deja que te dé un abrazo, hijo mío! ¡Que en
mal hora muera[[3-7]] si no tenía gana de encontrarte el gitanico
para decirte la buenaventura[[3-8]] y darte un beso en esa mano
de emperador!—¡También yo soy de los tuyos! ¿Quieres
que te enseñe a cambiar burros muertos por burros vivos?—¿Quieres
30 vender como potros tus caballos viejos? ¿Quieres
que le enseñe el francés a una mula?

El Conde del Montijo no pudo contener la risa....—Luego
preguntó:

—Y ¿qué respondió Parrón a todo eso? ¿Qué hizo?
(p4) —Lo mismo que su merced; reírse a todo trapo.[[4-1]]

—¿Y tú?

—Yo, señorico, me reía también; pero me corrían por las
patillas lagrimones como naranjas.

05 —Continúa.