—Pues ¡qué demonio! hombre.... (¿Por qué he de negarlo?)[[56-8]]
Rezando iba....—¡Cada uno tiene sus cuentas con
Dios!

20 —Es mucha verdad.

—¿Piensa V. andar largo?[[56-9]]

—¿Yo?—Hasta la venta....

—En este caso, eche V. por esa vereda[[56-10]] y cortaremos
camino.

25 —Con mucho gusto. Esa cañada me parece deliciosa.—Bajemos
a ella.

Y, siguiendo al viejo, cerré el libro, dejé el camino y descendí
a un pintoresco barranco.

Las verdes tintas y diafanidad del lejano horizonte, así como
30 la inclinación de las montañas, indicaban ya la proximidad del
Mediterráneo.
(p57)
Anduvimos en silencio algunos minutos, hasta que el minero
se paró de pronto.

—¡Cabales!—exclamó.

Y volvió a quitarse el sombrero y a santiguarse.