Los españoles se reían de aquellos disparates, y le llamaban
franchute,[[60-6]] didon y otras cosas.
20 Dobláronse al fin las piernas de Iwa, y cayó redondo[[60-7]] al
suelo.
Yo respiré, porque creí que el pobre había dado su alma a
Dios.
Pero un pinchazo que recibió en un hombro le hizo erguirse
25 de nuevo.
Entonces se acercó a este barranco para precipitarse y
morir....
Al impedirlo los soldados, pues no les acomodaba que
muriera su prisionero, me vieron aquí con mi mulo, que, como
30 he dicho, estaba cargado de barrilla.
—¡Eh, camarada! (me dijeron, apuntándome con los
fusiles.)—¡Suba V ese mulo![[60-8]]
Yo obedecí sin rechistar, creyendo hacer un favor al extranjero.
(p61)
—¿Dónde va V.?[[61-1]]—me preguntaron cuando hube subido.
—Voy a Almería.... (les respondí). ¡Y eso que ustedes
están haciendo es una inhumanidad!
—¡Fuera sermones!—gritó uno de los verdugos.