Al mismo tiempo llegó un nuevo curioso a ver qué ocurría
05 en aquel grupo, y habiéndole divisado el revendedor,
exclamó:

—¡Me alegro de que llegue V., tío Fulano! Este hombre
dice que las calabazas que me vendió usted anoche, y que
están aquí oyendo la conversación, son robadas....—Conteste
10 V....

El recién llegado[[73-2]] se puso más amarillo que la cera, y trató
de irse; pero los circunstantes se lo[[73-3]] impidieron materialmente,
[[73-4]] y el mismo[[73-5]] Regidor le mandó quedarse.

En cuanto al tío Buscabeatas, ya se había encarado con el
15 presunto ladrón, diciéndole:

—¡Ahora verá V. lo que es bueno!

El tío Fulano recobró su sangre fría, y expuso:

—Usted es quien ha de ver[[73-6]] lo que habla; porque si no
prueba, y no podrá probar, su denuncia, lo llevaré a la cárcel
20 por calumniador.—Estas calabazas eran mías; yo las he
criado, como todas las que he traído este año a Cádiz, en mi
huerta del Egido,[[73-7]] y nadie podrá probarme lo contrario.

—¡Ahora verá V.!—repitió el tío Buscabeatas acabando de
desatar el pañuelo y tirando de él.[[73-8]]

25 Y entonces se desparramaron por el suelo una multitud de
trozos de tallo de calabacera, todavía verdes y chorreando
jugo, mientras que el viejo hortelano, sentado sobre sus piernas
y muerto de risa, dirigía el siguiente discurso al Concejal y
a los curiosos:

—Caballeros: ¿no han pagado Vds. nunca contribución?
Y ¿no han visto aquel libraco[[73-9]] verde que tiene el recaudador,
de donde va cortando recibos, dejando allí pegado un tocón o
pezuelo,[[73-10]] para que luego pueda comprobarse si tal o cual[[73-11]]
recibo es falso o no lo es?
(p74)
—Lo que V. dice se llama el libro talonario—observó
gravemente el Regidor.