DON BASILIO. A Luján. ¿Quieres verla?

LUJÁN. Si no ha de servirle de molestia, con mucho gusto. Mirando un cuadro. ¿Este retrato es de tu padre?

DON BASILIO. Sí; ése es papá. Papá recién casado. Como yo lo conocí mucho después, no puedo apreciar si se parece. ¡Je! A Tata, mientras Luján ve los otros cuadros y observa el jardín. Bueno, tú, llégate y dile a doña Clarines que aquí está ya mi amigo el señor Luján, que desea saludarla.

TATA. Bajo a don Basilio. ¡Va a soltar una descarga de fusilería!

DON BASILIO. Lo mismo, a Tata. ¡Ya lo sé! Pero si no es ahora será luego más tarde!

TATA. Ah, bien, bien. Por mí no ha de quedar.—Con permiso, buen caballero. Vase por la puerta de la derecha.

LUJÁN. ¿Quién es esta vieja escamona?

DON BASILIO. ¡Tata! La tradición, como quien dice.[9] Nos ha visto nacer a todos. Ya la infeliz no es más que una de tantas ruinas en este viejo caserón de los Olivenzas. ¡Pobre caserón! Por mucho que lo cuido, y lo revoco, y lo aderezo, se viene abajo, como la familia.

LUJÁN. ¡Pues tú no te conservas mal!

DON BASILIO. ¿Y me lo dices tú, que estás hecho un pollo?