ESCOPETA. ¿No le daría iguá por escrito?

TATA. Ande, ande a su obligación y déjese de más discursos.

ESCOPETA. ¿Qué se le va a hasé?[7] Vamos a que me tire un mortero er tío ese. Peó fuera no verlo. Se marcha por la puerta del foro hacia la izquierda, canturreando y contoneándose.

TATA. ¡Ay! Muy zaragatero eres tú para hacer los huesos duros en esta casa.

Por la misma puerta que se ha ido Escopeta, salen DON BASILIO y LUJÁN. Don Basilio, hermano de doña Clarines, es un señor de ojos vivos y cabeza inquieta, señal de poco peso. Viste con desaliño. Luján, antiguo amigo suyo, es hombre de pesquis, un tanto socarrón y de espíritu reposado y tranquilo. Viene en traza de haber caminado a caballo unas leguas. La edad de uno y otro anda alrededor del medio siglo.

DON BASILIO. Pasa, Isidoro.

LUJÁN. Buenas noches.

TATA. Buenas las tenga usted, señor mío.

DON BASILIO. ¿Y mi hermana, Tata?

TATA. También son ganas de preguntar[8] lo que sabe usted de memoria: en sus habitaciones.