LUJÁN. Sí lo estoy, sí. Para la edad que tengo… Pero eso no quita… Desde que resolví que nada me importase nada, en vista de que lo contrario me afectaba al hígado, marcho como unas perlas.
DON BASILIO. Es verdad. Quince años hacía que no te echaba la vista encima y, lo que es en lo exterior, apenas si han dejado huellas.
LUJÁN. Me las arranca mi mujer.
DON BASILIO. ¡Ah, carape! Secretos del hogar.
LUJÁN. Sí. Tú, en cambio, te las tiñes. Ya lo he visto.
DON BASILIO. Secretos del tocador.
LUJÁN. ¡Secreto a voces!
DON BASILIO. Chico, hay que defenderse. No me resigno a la vejez de la cabeza, cuando tengo el corazón entrando en quintas. Pero siéntate, galopín.
LUJÁN. Obedeciéndolo. Cansadillo estoy. Mi caballejo tiene un trotecillo que desbarata. En mal hora se le ocurrió a don Rodrigo ponerse neurasténico, y a su familia llamarme a mí a consulta. Me he vuelto poltrón. No me gusta salir de mi casa.
DON BASILIO. ¿Y querías irte a parar a un fonducho? ¡Ca, hombre, ca! Los días que estés en Guadalema, en mi casa vives.