DOÑA CLARINES. ¿Y es muy buena?
MIGUEL. Muy buena es.
DOÑA CLARINES. Ya. ¿Conoce a Marcela?
MIGUEL. La conoce y la quiere, y goza en verme tan enamorado.
DOÑA CLARINES. ¿Pero lo está usted mucho?
MIGUEL. Mucho. Sueño para ella una ventura tan grande que no quepa en el mundo. Conocí yo a Marcela cuando empezaba mi corazón a alborear al amor y a la vida. No he querido a otra mujer que a ella, ni ella ha querido a más hombre que a mí. No sé qué horas nos tendrá reservadas la vida, pero yo no las deseo ni las concibo más felices que estas horas en que ella y yo, tejiendo ilusiones, llegamos hasta los días que vendrán y los forjamos tan dichosos como los que vivimos. Nuestro charlar es a veces de niños; a veces de locos… No sé… Si gozo, goza; si río, ríe; si llora, lloro; si canta, canto… Parecemos dos y somos uno…
DOÑA CLARINES. Con dolorosa angustia. Silencio.
MIGUEL. ¿Qué?
DOÑA CLARINES. Silencio. Despiertan su voz y sus palabras en mis oídos un eco lejano, que no quiero volver a oír. Perdóneme, y llame a Marcela.
MIGUEL. ¿A Marcela?