MARCELA. Es que ya sabe usted que yo temía…

DOÑA CLARINES. Temías, porque mentías. La mentira es siempre cobarde. Miguel no lo ha sido, y ahora se alegra de ello; porque ha visto al acercarse a mí, que las cosas no son como las gentes quieren que sean, sino como son.

MIGUEL. Así es. Y en vano será desfigurarlas.

DOÑA CLARINES. Mal me conocen los que creen que yo soy capaz de llevar mi odio hasta el extremo de hacer con tu vida y con tu amor lo mismo que hicieron[148] con los míos. ¡Dígalo usted así a los cuatro vientos por toda Guadalema! Y ahora, en secreto, para que no salga de los tres[149] que aquí estamos… oídme a mí… que quiero que seáis muy dichosos. Éntrase en sus habitaciones conteniendo las lágrimas.

MARCELA. ¿Ves, Miguel, como es buena?

MIGUEL. Es buena, sí: para mí más que para nadie.

Sale LUJÁN por la puerta de la izquierda. Lo sigue DON BASILIO.

LUJÁN. ¿Y doña Clarines?

MARCELA. Ya se fué.

MIGUEL. Y con los ojos llenos de lágrimas, por cierto.