DON GONZALO. ¡Ya lo creo! Como que si yo no estoy trascordado—con los años se va la cabeza,—allí vivió la mujer más preciosa que nunca he visto. ¡Y ya he visto algunas en mi vida!… Deje usted, deje usted…[170] Su nombre era Laura. El apellido no lo recuerdo… Haciendo memoria. Laura. Laura… ¡Laura Llorente!

DOÑA LAURA. Laura Llorente…

DON GONZALO. ¿Qué?

Se miran con atracción misteriosa.

DOÑA LAURA. Nada… Me está usted recordando a mi mejor amiga.

DON GONZALO. ¡Es casualidad!

DOÑA LAURA. Sí que es peregrina casualidad. La Niña de Plata.

DON GONZALO. La Niña de Plata… Así le decían los huertanos y los pescadores. ¿Querrá usted creer que la veo ahora mismo, como si la tuviera presente, en aquella ventana de las campanillas azules?… ¿Se acuerda usted de aquella ventana?…

DOÑA LAURA. Me acuerdo. Era la de su cuarto. Me acuerdo.

DON GONZALO. En ella se pasaba horas enteras… En mis tiempos, digo.