LUJÁN. ¿Qué me cuentas?

DON BASILIO. Lo que oyes, Isidoro; lo que oyes. Sufrió, en una edad crítica de su vida, una conmoción moral extraordinaria, espantosa…

LUJÁN. Algo recuerdo que me escribiste…

DON BASILIO. Pues de aquella fecha arranca el mal. La sonrisa se fué de sus labios, se le pusieron blancos los cabellos, su carácter se desquició, se envenenó su espíritu, dió en mil manías y aberraciones, y un día tras otro, para no cansarte, ha llegado a tal punto, que creo un deber de conciencia, ya que estás aquí, consultar el caso contigo.

LUJÁN. ¡Diablo, diablo!

DON BASILIO. ¿Comprendes ahora que me tiña las canas?

LUJÁN. Hombre, no: comprendo que te salgan. Que te las tiñas no lo comprendo, francamente.

DON BASILIO. Bien, bien: no divaguemos. Esta desgracia que yo te anuncio con el temor de que tu ciencia pueda llevarme a la certidumbre, es una verdad axiomática en toda Guadalema: «Doña Clarines está loca; doña Clarines está como un cencerro; que la aten; que la encierren…» Éste es el rumor público: esto es lo que oyes dondequiera que de ella se habla.

LUJÁN. ¿Qué vida lleva ella?

DON BASILIO. La más extraña que puedes imaginarte. O en sus habitaciones misteriosamente encerrada—¡ni a mí me deja entrar!—y haciendo no sabemos qué, o sentada en este butacón, devorando las horas en silencio. Si habla, es para reñir y desatinar; si alguien viene a verla, seguro está que ella no lo insulte y lo haga salir[14] a espetaperros por las escaleras. A excepción de Tata, la vieja, que desde niña la conoce y la quiere, no hay criado alguno que pueda resistirla ocho días seguidos. Ninguno para en esta casa. ¡Y cuidado que se les paga con largueza! ¡Pues ninguno para! Todos se van jurando y perjurando que es loca.