LUJÁN. ¿Y quién le administra sus bienes? ¿Quién lleva el cargo de su hacienda?

DON BASILIO. ¡Ella misma! Y éste es mi gran temor, Lujanito. Yo creo que nos está arruinando. Y digo nos, porque, claro es, yo… desde que… por los azares de mi vida, me quedé sin blanca de lo mío, vivo naturalmente al lado de ella. Figúrate si su ruina me interesará como cosa propia.

LUJÁN. Ya, ya me lo figuro. ¿Es pródiga tu hermana?

DON BASILIO. A quien le pide, jamás le da un céntimo: me consta de un modo indudable. Pero temporadas hay en que su mano no se cansa de dar dinero; que no parece sino que tiene el prurito de quedarse con el día y la noche.[15]

LUJÁN. Pues eso ya es más serio.

DON BASILIO. ¿Crees que no lo sé? ¡Si yo no hago un sueño de dos horas![16] Porque es que nos va el bienestar, la tranquilidad de la vida, en estos años en que se empieza a bajar la cuesta… Te digo que hay para no dormir.[17]

LUJÁN. Ciertamente.

DON BASILIO. Y aún queda el rabo por desollar, amigo Isidoro.

LUJÁN. ¿Sí? ¿Cuál es el rabo?

DON BASILIO. Mi hermano Juan, viudo con una hija de diez y ocho años, ha muerto en Madrid hace tres meses.