LUJÁN. ¿Que ha muerto Juan?[18]

DON BASILIO. Hace tres meses murió el pobre. ¿Extrañarás no verme de luto?

LUJÁN. Sí.

DON BASILIO. ¡Cosas de Clarines! ¡Dice que el luto es una vanidad del dolor y que no se pone luto por nadie!

LUJÁN. ¿Y tú piensas lo mismo que ella?

DON BASILIO. ¿Yo qué he de pensar?[19]

LUJÁN. ¿Entonces cómo no vas de negro?

DON BASILIO. ¡Por no hacer más patente su chifladura!… ¡Y porque no me da una peseta para el traje!…

LUJÁN. Ya.

DON BASILIO. Pero concluyamos con mi cuento. Mi hermano Juan—Dios lo tenga en su gloria,[20]—ha hecho al morir el disparate—asómbrate, Isidoro—de confiarle su hija y sus bienes a esta desventurada doña Clarines. ¿Qué tal? ¿Debo yo permanecer ocioso? ¿Eh? Mi responsabilidad moral ante los hechos, es enorme. El pobre Juan seguramente desconocía el estado de perturbación de nuestra hermana. ¿No es deber mío ponerme al lado de esa niña?