LUJÁN. Claro.

DON BASILIO. ¿Verdad que sí? Por eso, ya que la providencia te envía, me atrevo a suplicarte que observes detenidamente, concienzudamente, científicamente a la infeliz Clarines, y si por desgracia tú confirmas mis secretos temores… algo habrá que hacer, ¿no te parece? ¡algo habrá que hacer!… Yo hablaría con mi sobrinita, que es muy razonable… y… ¡qué carape! de acuerdo contigo le buscaríamos al caso la mejor solución. Así como así, mi vida es un tanto aburridilla, y el administrar los cuatro cuartos de la muchacha me serviría de entretenimiento. ¿Qué me dices tú?

LUJÁN. Con gran sorna. Yo, querido Basilio, hace ya tiempo que procuro no darles a las cosas sino sólo el valor que tienen. Determinar qué valor tienen es lo primero. Hay que vivir en la realidad de la vida.

DON BASILIO. Quiere eso significar…

LUJÁN. Quiere esto significar que acepto la delicada comisión que me encomiendas, y que empiezo a atar cabos desde este momento.

DON BASILIO. Pero ¿lo tomarás con interés?

LUJÁN. Con todo el interés que merece. Declarándote que, para mí, pocas cosas logran ya tener ninguno. Porque es un hecho, Basilio amigo: el planeta se enfría, y este tinglado va a durar poco.

DON BASILIO. Sí, pero… ¿A qué viene?…

LUJÁN. Viene…

DON BASILIO. Calla ahora.