MARCELA. Eso, no; a doña Clarines no hace falta que le digan las cosas para saberlas ella. Tiene un poder de adivinación que a mí me da susto.
DON BASILIO. A Luján. ¿Eh?
MARCELA. Es natural, después de todo: en soledad constante, no para de discurrir aquella cabeza, y alambicando alambicando, siempre va a dar con la verdad. ¿Usted ha entrado a saludarla?
LUJÁN. Ha habido un pequeño inconveniente.
MARCELA. Pues a estas horas, sin haberlo visto, esté usted seguro de que sabe doña Clarines cómo es usted.
DON BASILIO. Te advierto, Marcelita, que ha dicho que no lo recibe porque no quiere ver visiones.
MARCELA. ¿Sí?
LUJÁN. Así mismo.
MARCELA. Sus cosas… Usted me dispense… yo no sabía… Si yo adivinara como ella…
LUJÁN. No le preocupe a usted. Me importa poco parecerle visión a la tía, si a la sobrina no se lo parezco.