Las primeras palabras de Daría, su aliento entrecortado, revelan que está tan asustada como Crispín; sino que ella no ha tenido más remedio que entrar. Pesa sobre ambos la temerosa leyenda de doña Clarines.

MARCELA. Dígale usted que entre.

DARÍA. No entra,[26] no.

MARCELA. ¿Por qué?

DARÍA. Porque no entra.

MARCELA. Dígaselo usted.

DARÍA. Se lo diré; pero no entra. Crispín, que lo ha oído todo, no parece en diez metros a la redonda. Daría va a la puerta del foro, y desde allí le habla. ¡Crispín! La señorita, que entres.[27]—No entra.

MARCELA. Bueno; déjelo usted. ¿De qué pueblo son ustedes?

DARÍA. De Cogollo del Llano; para servir a usted.

MARCELA. ¿Es usted parienta de Tata?