DARÍA. Yo, no. Mi madre; para servir a usted.
MARCELA. Aquí está la señora.
Crispín, que andaba a la vista, a este anuncio desaparece nuevamente. Pausa.
Sale por la puerta de sus habitaciones DOÑA CLARINES. La sigue TATA. Doña Clarines es una señora de buen porte y poderosa simpatía. Aunque no pasa de los cuarenta y cinco años, sus cabellos son blancos como la plata. Viste con gran originalidad, con gusto personalísimo, dentro de una graciosa sencillez. Se expresa en tono campechano y noble a la par; enérgico, sin sombra alguna de afectación.
DOÑA CLARINES. Buenas noches.
DARÍA. Buenas noches.
DOÑA CLARINES. A Tata. Muy joven es.
TATA. Más vale.
DOÑA CLARINES. Está visto que no he de parar de domar potritos. Se sienta en su butaca. Ladra Leal. ¿Quién es, ahora?
TATA. ¡Calla, condenado! Vamos a ver. Se asoma a la mirilla. ¿Quién es?—Un pobre.