MARCELA. Pues esta vez fallaron sus adivinaciones.

DOÑA CLARINES. ¿Insistes en tu negativa? Testaruda como doña Sara, tu abuela materna, que se tragó un carrete, y hasta que no la abrieron en canal lo estuvo negando.

MARCELA. ¿Pero en qué se funda usted para creer que yo le miento?

DOÑA CLARINES. En que sé a ciencia cierta que tienes novio.

MARCELA. ¡Tía!

DOÑA CLARINES. ¡Chist! Mira: desde que viniste, raro es el día que no pasas dos horas en la casa de enfrente, so pretexto de que la niña de la casa es amiga tuya a partir de una larga temporada que estuvo en Madrid.

MARCELA. Así es la verdad.

DOÑA CLARINES. No es así la verdad. La niña de enfrente, empacha a los tres días de hablar con ella:[39] por sí sola carece de atractivos para tanto trato. Pero en cambio tiene una tía, hermana de su madre, que siempre se distinguió grandemente en un oficio que elogiaba mucho don Quijote.[40]

MARCELA. No la entiendo a usted.

DOÑA CLARINES. Celebro tu candor. Esas aficiones de la tía—sigo sobre la pista—eran para mí un dato de bastante importancia. Una mañana, de sobremesa, dije yo esta frase, que se puede esculpir: «No hay un solo hombre que tenga corazón.» Y tú saltaste, como si te hubiera picado una avispa: «¡Hay de todo!» ¿Hola? ¿Hay de todo? ¿Ésta cree que hay de todo?—pensé yo entre mí. ¿Conque opinamos que hay de todo?